Claro que ensopar es un verbo. Es eso que hace uno con la medialuna en el café con leche, una mañana fresca de otoño, mientras mira por la ventana la calle llena de hojas secas. Y es también lo que hacía el agente del FBI con la cabeza de Terlizzi que metía y sacaba de un tacho de acero enorme, cargado con cientos de litros de agua casi hirviendo.
La cara de Terlizzi salía del agua cada vez más roja, en una muestra de que las tonalidades de su piel todavía tienen mucho más para ofrecer. Además, parecía que las partes del rostro se reubicaban en un lugar distinto cada vez que lo sacaban del agua.
Después de la última inmersión, Terlizzi salió blando, prácticamente sin capacidad de respuesta, Quedó tirado, boca arriba, contra el escritorio de su despacho, tapado de billetes de cien dólares.
Uno de los demás agentes del FBI lo miraba fijo, de una manera que cualquiera diría que deseaba verlo moverse por sus propios medios, o la misión se habría arruinado. El otro, más experimentado y jefe, se acercó a Terlizzi y lo pateó en las costillas.
Terlizzi, en un espasmo, se acomodó cubriéndose con los brazos. Las rodillas habían quedado a mitad de camino y no llegaban a su panza.
—¿De dónde sacaste toda esta plata? —preguntó Anderson, jefe del FBI, agachado, cara a cara—. ¿Son narcos?
Terlizzi tosió y escupió sangre a un costado. Anderson lo agarró del pelo de la nuca y volvió a cruzar las miradas de ambos.
—No… —balbucéo Terlizzi.
—Me vas a decir de dónde salió —dijo Anderson y le puso una pistola en la sien.
Terlizzi lo miró serio. Estuvo a punto de negar con la cabeza, pero su boca fue más rápida:
—Es del Estado. La sacamos del área de salud.
—¿El presidente lo sabe? —preguntó Anderson.
Terlizzi asintió. Anderson, después de una sonrisa y sin sacarle el arma de la cabeza, propuso:
—Necesitamos alguien que nos conisga información de este estilo. Documentada y seria. ¿Podemos confiar en usted?
Terlizzi, con el pelo mojado, la cara quemada y la cabeza todavía humeando vapor, asintió.

