730. Chiches

18 de diciembre de 2025 | Noviembre 2025

—Estoy preocupado —dijo el presidente, con la cabeza gacha, mirando por la ventana de la Casa Rosada. En su oficina estaban el ministro de economía y el jefe de gabinete.

—¿Pasó algo? —preguntó el jefe de gabinete.

—Los chicos… Digamos, los juguetes. Están imposibles. ¿Vos viste lo que salen? O sea, el otro día estaba buscando en internet un dildo vibrador… para mi hermana… —aclaró rápido—. Importado, obvio y… Digamos, es un escándalo. Imaginate un autito, una muñeca.

—No, claro —acotó el ministro de economía—. Si le parece, podemos reducir aranceles de cara a las fiestas, como para evitarnos problemas y críticas en ese sentido.

—¿Cuánto sería? —preguntó el presidente, después de darse vuelta para mirarlo.

—Podemos hacer un quince por ciento más de descuento.

—Buena idea —aprobó el presidente—. A ver, Manuel, hacé de abogado del diablo —le sugirió al jefe de gabinete, que entrenaba al presidente para responder ante posibles ataques de la oposición.

Manuel se puso una careta de un economista de la oposición y, después de rascarse la cabeza, empezó:

—A ver… ¿Por qué no, en lugar de perder plata del Estado bajando aranceles y afectando la industria nacional, no se resuelve el problema de fondo que es que los salarios no alcanzan para pagar el precio actual de los juguetes?

El presidente lo miró furioso. Su boca, sus labios y su nariz, tenían espasmos involuntarios.

—Porque a los otros gobiernos no les estaba pasando —siguió Manuel—. Y, en definitiva, bajando aranceles logramos que cierren fábricas que no pueden competir con productos importados y después pierde plata el Estado que sería del IVA, por ejemplo.

—Uy, no —acotó el ministro al ver que el presidente ya estaba rojo.

—O sea que vos, digamos —empezó desaforado el presidente, mientras se acercaba señalándolo—, preferís que los niños estén atrapados por el Estado, todos contra la pared, digamos, envaselinados con sus juguetes de mierda, para que venga King Kong y terminen los chiquitos todos…

En ese momento, el presidente ya estaba agarrando del cuello al jefe de gabinete.

—¡No, presidente! ¡Es Manuel! —gritó el ministro de economía.

Manuel llegó a sacarse la careta y mostrar su verdadera identidad. El presidente, con los ojos desorbitados, miraba a su colaborador y sus alrededores, buscando todavía en él la figura del economista opositor, hasta que decidió soltarlo.

—Eh… Perd… —empezó a disculparse en un tono arrepentido, pero se interrumpió y volvió a acusarlo—. ¡Es culpa tuya! Te sale tan bien que dudo de si sos, digamos, nuestro.

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