728. La chancha

15 de diciembre de 2025 | Noviembre 2025

Para cuando Eduardo volvió del trabajo, su hijo Vicente ya había dormido la siesta y hacía dos horas que se había levantado para sentarse frente a la computadora —al principio con la vista borrosa—, y jugar todo lo que quedaba de tarde hasta el momento de ducharse, cenar, y luego mirar videos de sus streamers favoritos hasta las tres de la mañana.

—Vicho —saludó Eduardo después de golpear la puerta y abrir sin esperar la respuesta de su hijo, que jamás iba a llegar—. ¿Cómo andás?

—Hola, pa —contestó Vicente, sin darse vuelta, disparando en su computadora.

—¿Fuiste a la entrevista del trabajo ese que me habías contado? —preguntó Eduardo, con el torso adentro de la pieza y los pies afuera.

—Sí, una cagada igual —contestó Vicente como total respuesta.

—¿Por qué una cagada? ¿Qué pasó?

—Nada, fui y… Qué sé yo. No me gusta.

—¿Te podés dar vuelta un minuto? —Eduardo empezaba a enojarse.

—Estoy jugando —contestó Vicente en automático.

—Basta —resolvió Eduardo, de pocas pulgas, se metió en la pieza y desconectó el monitor. Vicente gritó vocales sostenidas unos segundos a modo de protesta—. Un minuto te pido, pendejo —lo miró serio.

—¿Qué querés que te cuente? Un trabajo que no me gusta. Ya fue.

—Hijo, ya tenés veinticuatro años, estás por ser ingeniero. Es hora de que te consigas un trabajo o, no sé cómo, pero que empieces a ganar plata para bancarte algunas cosas. Sabés que el negocio no anda bien —Eduardo hizo una pausa e insistió—. Contame.

—Trabajo de nueve horas, lunes a viernes. Eso ya es un montón, me cambia toda la vida. Es en blanco, en una oficina del orto. Obra social más o menos buena. De sueldo como dos palos.

—Pero está buenísimo eso —Eduardo abrió las manos y los ojos.

—Sí, pero no. La mina me dice que estaría como para entrar. Y yo le pregunto si tenían gimnasio, catering, ni salón de gaming. Y me dice que no. Se ve que notó que a mí eso no me gustó.

—¿Cómo? No entiendo —Eduardo se cruzó de brazos.

—Como que la duda me tomó la cara, no sé, pa. Y ahí ya me dijo que me parece que yo no era lo que estaban buscando —Vicente achinó los ojos.

—¿Cómo que preguntaste eso?

—Y sí. Es todo plata que la voy a tener que perder yo, además de pasarme todo el día ahí adentro —contestó Vicente como si fuera obvio, con los hombros encogidos.

Eduardo lo miró congelado. Pensó en que esa plata salía de su bolsillo, pero también que su hijo, de un día para el otro, ganaría un monto que la librería solamente le daba el mes de inicio de clases.

—Bueno… Está bien, Vicho. La próxima será —y salió de la pieza, derrotado.

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