—¿Hola? —saludó Fabio Muñóz al teléfono, desde su oficina donde hacía de gerente de la empresa petrolera estatal chilena.
—Fabito, querido. ¿Cómo andás?—contestó Emilio Gorostiaga, directivo de una petrolera transnacional, desde su oficina en Neuquén.
—¿Pasó algo? —preguntó Fabio, intrigado: era más usual la comunicación mediante correos o mensajes.
—Tengo una propuesta para hacerte. ¿Estás ocupado? —preguntó Emilio. La palabra “ocupado” en su código era sinónimo de “solo”.
—Digame tranquilo, don Emilio. Tengo una reunión para evaluar medidas por el cambio de gobierno, pero será en un rato.
—Bueno, escuchame. Te voy a mandar el treinta por ciento más que lo de siempre. Vos haceme el trámite como si fuera el monto normal, y del resto que sobre, hacemos mitad y mitad.¿Te parece?
—¿Cómo es el asunto? —preguntó Fabio, achinando los ojos y sonriendo, después de unos segundos de silencio.
—El despachante de aduana ya sabés que es nuestro. Lo que el gobierno no va a hacer ahora es controlar bien los montos. Me firmás un papel que te mando por mail ahora, y con eso estamos cubiertos.
—¿No hay ningún riesgo, nada?
—Viste cómo es esto. Por ahora estamos bien. No van a controlar nada, por lo que me dijeron, y a nosotros nos abarata mucho los costos y nos permite… Bueno. Disfrutarlo todos.
—Por fin el gobierno argentino hace lo que corresponde —celebró Fabio.
—Impecable, una fiesta. Pero es ahora. Momento de aprovecharlo el tiempo que dure. Así que, si me querés ir mandando ya las próximas facturaciones… —sugirió Emilio.
—Al tiro, Emilio. Ya le mando del año entero —asintió Fabio.
—Perfecto, Fabio. Y bueno, en unas semanas me voy para allá, ¿te parece? Así busco lo que nos toque.
—Será bienvenido, Emilio —sonrió Fabio.

