724. Cazadores

10 de diciembre de 2025 | Noviembre 2025

—Lo tengo en la mira —afirmó, convencido, el subcomisario Ulloa, parado en una esquina de pleno Once, un sábado a la mañana, mientras miraba por la mira telescópica de un rifle de dardos tranquilizantes a un hombre de origen senegalés que vendía prendas deportivas en la vereda de enfrente, a unos cuarenta metros en diagonal.

—¿Está seguro, jefe? —preguntó el oficial Mosquera.

—Segurísimo. Los negros serán todos parecidos, pero a mi ojo no se le escapan —contestó Ulloa—. Ese es Mamadou Ndiaye.

—¿No es muy alto? Parecía más bajito en la foto —contestó Mosquera, que no se animaba a decirle que, además, el porte del que buscaban parecía ser del doble de tamaño que el que miraba Ulloa.

Ulloa bajó el rifle, miró a Mosquera con desprecioy le regaló un insulto. Volvió a colocarse el rifle, apuntó y tiró. El dardo dio en la espalda del hombre que intentó sacarse el dardo justo antes de caer rendido al suelo.

—Vamos —ordenó Ulloa y los dos cruzaron la calle cortando el tránsito, arriesgándose a ser atropellados.

Ni bien llegaron a su víctima, Mosquera le hizo una toma para poder colocarle las esposas. Le costó: él pesaba sesenta y cinco kilos mojado; el senegalés, que resistía aturdido, casi cien.

A su alrededor se alborotaron vendedores y clientes, que no entendían por qué dos hombres de civil detenían a un vendedor.

—¿Qué pasa, che? ¿Qué carajo hacen? —se les vino al humo un vendedor.

—Policía Migratoria —contestó Ulloa, sacó de su bolsillo una placa que indicaba su pertenencia a la nueva fuerza y la levantó a la altura del rostro del hombre que se quejaba—. Éste se nos escapó entrando por la frontera con Paraguay y tuvimos que hacer este operativo para detenerlo.

—Pero si él no entró por Paraguay —contestó otro senegalés.

—No entré… —balbuceó el senegalés dorgado, sentado en el piso, mientras se tambaleaba con las manos en su espalda.

—Mamadou Ndiaye, queda detenido por evasión fronteriza —le comunicó Ulloa y pidió por un handy la asistencia de un patrullero que los esperaba a la vuelta.

—Él se llama Babacar Diof —contestó otro senegalés que vendía al lado—. Y tiene ciudadanía argentina. No es ilegal.

—No se lo pueden llevar, no hizo nada —agregó una señora que pasaba y se acababa de meter un pantalón corto de San Lorenzo en su bolso después de buscarlo entre la mercadería de Babacar Diof.

—Ahí está el patrullero. Levantalo, Mosquera, dale —ordenó Ulloa y agitó su mano a la altura de su cintura, como si ventilara hacia arriba.

Mosquera cazó por las axilas al senegalés y lo arrastró hasta el patrullero con dificultad. Logró meterlo, pero cayó él debajo suyo. Ulloa les empujó las piernas de los dos hombres adentro del auto hasta que pudiera cerrar la puerta y se subió al asiento del acompañante. 

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