723. Cisne verde

9 de diciembre de 2025 | Noviembre 2025

Carlos, Ministro de Defensa, pisó a fondo el pedal del Falcon verde que había limpiado de capas adheridas de polvo tras décadas escondido en un galpón del Ejército cuya existencia era un secreto reservado para pocas personas. Había preferido escapar con ese auto, puesto a punto hacía pocos meses, y no con el oficial, dado que sus súbditos sabían rastrearlo satelitalmente.

Fumaba pitadas largas, en un intento de matar los pulmones antes que los nervios. Encendía cada cigarrillo con la colilla del anterior. El cartón de Chesterfield viajaba, casi del todo desarmado, en el asiento del acompañante.

Todavía le quedaba lejos el cruce por alta montaña hacia Chile, para el que había contratado a miembros de Gendarmería a cambio de cien mil dólares. Le restaban en el camino varios algunos con sus hombres rebelados.

Se acordó de su infancia, cuando él, su familia y su perro Malevo vivían en Comodoro Rivadavia, donde su padre estaba destinado.

Siempre que Carlos quedaba a solas con Malevo, solía patearle los testículos, robarle la comida, tironearle de las orejas y también de las patas. Malevo, manso como era, prefería huirle con la cola entre las patas antes que enfrentarlo.

Una tarde de enero, su padre lo encontró en plena sesión de leve tortura y le advirtió:

—Ahora entiendo, Carlitos, por qué el perro no te quiere. Pero cuidado —levantó el índice derecho—, que si lo seguís tratando así, algún día se te va a venir encima.

—¿Este perrito sin huevos? —contestó Carlos, de once años—. No creo que se anime.

—Yo te aviso, nomás.

Malevo falleció, años más tarde, sin haberle tirado un solo tarascón a Carlos, cuando él ya estudiaba en el Colegio Militar de la Nación.

Gracias a su formación y a los contactos de su padre en el Ejército, Carlos escaló posiciones hasta llegar a las cumbres de la estructura militar. A esa altura, los vínculos se hicieron mucho más políticos que castrenses.

En cuanto pudo se acomodó cerca del gobierno y, cuando la ventana del ministerio se abrió para él, ocupó el puesto sin dudarlo en lo que era el regreso de uno de los suyos a manejar la cartera después de décadas.

Carlos prometió a la fuerza el regreso a un pasado glorioso, de  Falcon verde, respeto social y autoridad militar; hasta coqueteó con la idea de que uno de ellos —”por qué no yo”, deslizó— volviera a ocupar el Sillón de Rivadavia. Sus hombres lo vivaron al punto de llevarlo en andas por Campo de Mayo.

Pero tenía más intenciones de quedar bien con el presidente que con sus hombres.

Los salarios bajaron aún más y el ambiente se empezó a caldear por abajo. Los soldados que podían conseguir otro trabajo, abandonaban la fuerza. Los que no, sufrían castigos cuando levantaban la voz: planazos para los atrevidos y calabozo para los inteligentes.

Carlos, de la mano del plan de gobierno, alimentó de ira a una fiera domada, después de haberla convencido de merecer mucho más de lo que recibía. Mientras huía de los que habían sido sus hombres, Carlos recordó la imagen de su padre, el índice levantado y la frase: “algún día se te va a venir encima”.

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