722. Me voy cayendo a sus pies

8 de diciembre de 2025 | Noviembre 2025

La empresa había organizado una reunión de los gerentes de todas las filiales del mundo, y también, como para que no fuera tanto viaje por cuestiones que solían tratarse en videollamadas, nos invitaban a disfrutar una semana en Las Vegas; algo así como unas vacaciones de agradecimiento por lo bien que funcionaba la corporación a nivel internacional. Yo fui como encargado de la filial argentina.

Ahí conocí a Mark Johnson. Qué hombre. Lo admiré desde el momento en que sentí su perfume. Su aspecto, además de atractivo era limpio, pulcro, cuidado hasta el mínimo detalle. Y su voz gruesa, expandida. Él era el nuevo generente general; yo no lo había visto más que en fotos.

Después de la reunión para la que habíamos viajado —la primera actividad desde que llegamos—, fuimos todos a comer a un restaurante.

Me le pegué con una conversación inventada desde que bajamos de los autos, como para quedar pegado a él en la mesa. Lo logré. Tuve mi lugar de privilegio desde donde noté que no estaba tan alegre como en un primer momento.

Intenté hacerlo reír algunas veces, pero no lo logré. Seguramente porque él se había ofuscado con la demora en que nos atendieran y, minutos después, con que no quedaba más salmón a las hierbas con ensalada de brie, tomate y avocado, que no me acuerdo cómo se dice en castellano.

Cuando terminamos, me levanté de la mesa y fui hasta el mostrador. Pedí el libro de quejas y estuve media hora readactando la mejor queja de la historia de la humanidad que haya habido en un restaurante. Una crítica dura, pero positiva.

Cuando volví, lo conté en la mesa ante todos: eran dieciocho hombres importantes escuchándome atentos a mí, incluido Mark, al que no miré a los ojos a propósito; me bastaba con sentir su mirada en mi lateral.

Terminé de contar la defensa exquisita que hice del señor Mark y su relevancia, que un lugar así debía estar a la altura de sus comensales, sobre todo habiendo sabido de antemano que él iría con toda su comitiva, de la que él era un referente.

Cuando terminé, ahí sí, dejé de mirar las caras sorprendidas de mis colegas y lo miré a él. Mark me miraba con odio y desprecio. En su perfecto inglés, dijo:

—¿Nos hiciste perder el tiempo a todos? ¿Quién te creés que sos? Pensamos que te había caído mal la comida y estabas en el baño; no que estabas haciendo una idiotez que nadie te ordenó.

Los demás se rieron. Y yo, rojo de vergüenza,  me reí forzado. No quise volver a mirar a Mark a los ojos. Estuve a punto de sugerir ir a pedir el libro de quejas y romper la hoja, justo cuando él sugirió a la mesa:

—Vayamos al casino y luego al hotel.

Todos empezamos a levantarnos para salir y , de camino a la puerta, cuando quedó al lado mío, Mark me dijo al oído:

—Me gusta que me la chupen en privado. Te espero en la habitación del hotel más tarde.

Sonreí. Así empezó mi fabulosa semana en Las Vegas.

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