719. A la deriva

3 de diciembre de 2025 | Noviembre 2025

—Bienvenidos a Ocean Market Company —anunció una voz femenina desde los parlante del catamarán—. A continuación, vivirán una experiencia única y exclusiva, diseñada especialmente por nuestro equipo, a través de las aguas del Océano Atlántico. Antes de comenzar, le rogamos a los pasajeros sentarse y colocarse el cinturón de seguridad.

Los pasajeros que quedaban de pie o acomodando sus bártulos, se apuraron a sentarse en los asientos que tenían asignados. Los ruidos de las hebillas de los cinturones de seguridad se apelmazaron en apenas cinco segundos.

El capitán, sentado en una cabina abierta unos metros elevada, con un balcón hacia las filas de butacas, sonrió mirando por encima del hombro. Encendió el motor, y comenzó su salida del puerto mientras la voz explicaba:

—A partir de este momento, no podrán utilizar sus teléfonos ni dispositivos, dado que la señal se encuentra inhibida en el barco. Los cinturones no podrán desabrocharse. Pero no se preocupen: hay dispositivos para hacer sus necesidades en cada asiento.

Algunos, sorprendidos, intentaron desprender el cinturón de seguridad, pero no lo lograban y, con cada tironeo, el cinturón parecía apretarse más, hundirse contra las carnes de los pasajeros.

—Recomiendo que no hagan eso —dijo el capitán con un micrófono después de darse vuelta—. Les va a resultar muy molesto hasta que pase mi hermana. Ella es la única que puede aflojarlos.

Varios empezaron a quejarse y a gritarle que no habían pagado por eso, que la experiencia se había promocionado como un paseo relajante para disfrutar del mar.

—Bla, bla —los calló el capitán asomado por el balcón de la cabina—. Ustedes me pagaron a mí que les dije que la experiencia era sorpresa. Ahora, a aguantársela. Vamos a ver cómo es viajar sin destino en el agua. Que nos lleven las olas al mejor puerto. ¡Confíen! ¡La mano invisible del océano nos va a guiar!

—¿Por qué no manejás vos, enfermo de mierda? —preguntó uno, alterado.

—Yo voy a estar en la misma situación que ustedes —aclaró el capitán y bajó por la escalera hasta un asiento, se sentó y se abrochó el cinturón.

—¿Para esto pagamos? ¿Esta excursión de mierda? Ni siquiera contra la ventanilla me sacaste —se quejó una señora, más con su marido que con el capitán.

—Y yo que sabía —se escuchó que le respondía su marido.

—Ahora, en unos minutos, va a pasar mi hermana con unos sanguchitos premium de salchichón primavera y fiambrín, así dejan de llorar —anunció el capitán desde su asiento—. Ella es la única desatada, por las dudas; pero les aviso que ingenió el plan conmigo, así que no los va a soltar. Relájense, vamos a disfrutar de la incertidumbre del océano.

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