Ahora está mejor. Más tranquilo para trabajar, sin tanto quilombo de ruido. Y eso que usaba tapones yo, eh.. Las tapaduras de cera que me quedaban… Me las sacaba con tratamientos. Y también, gracias a los tapones, me comía puteadas de todos mis compañeros y jefes por no escuchar lo que me decían. Por suerte, ya no me pasa.
Un día, Martín, el jefe del sector, dijo “Muchachos, paren todo. Vengan que vamos a bajar unas cajas en el depósito”. El playón tenía como diez camiones llenos de cajas y pallets hasta el techo.
Ni bien las vimos nos dimos cuenta de que eran heladeras y lavarropas. Pispeamos y eran las mismas que hacíamos nosotros. Pero no tenían etiqueta.
En la fábrica me dicen Kronk, como un personaje de Las locuras del emperador, que es grandote y fuerte y… Yo no la vi, pero dicen que no es muy inteligente. Ese día me sirvió ser fuerte porque bajaba todas las cajas más rápido que los demás.
Me jodían con que por eso fue que no me echaron a mí, cuando despidieron a algunos del sector, aunque eso pasó unos meses más tarde.
Ahí se puso un poco más tranquilo, ya menos gente en la fábrica. Pero, además, la empresa decidió vender las máquinas, a una empresa de Brasil, creo. Así que nos pusimos a desarmar.
Yo con las herramientas no soy bueno, pero como tengo espalda grande, podía aguantar el peso de cada parte cuando había que bajarlas al piso o a la zorra.
Mis compañeros decían que se veía venir una reducción de personal, y yo no entendía por qué decían así. Yo estaba contento porque, de una vez por todas, podía trabajar sin los tapones. A partir de ahí estuve más contento en la fábrica.
Después sí entendí: cuando no estuvieron más las máquinas, nos la pasábamos jugando al truco o hablando. Fueron unos días nomás así, hasta que un día quedé yo solo.
Ahora, que puedo escuchar todo porque no necesito los tapones para trabajar, me pasa que estoy solo en un galpón frío y apagado, con unas cajas que cargo y descargo. Y no tengo nada para escuchar.

