716. Que no se atonga cameronga

1 de diciembre de 2025 | Noviembre 2025

—A ver, Martina. ¿Estás lista? Mar… ¡Martina! —le grité porque no me estaba dando bola; se había colgado mirando a un tipo disfrazado de no sé quién—. ¿Sonrío? ¿Empezamos? —le pregunté para que hiciera lo que yo le había enseñado: apretar el botón en la pantalla y apuntarme a mí con la cámara del teléfono. Puede hacerlo, ya tiene siete años.

—Sí, ma. ¿Lo viste a ese? —me preguntó Martina.

—No me importa, hija. Por favor, grabame así vamos a otro de esos juegos pelotudos que te gustan a vos —la ordené. Un poco mal hablada, está bien, pero ya estaba cansada. Habíamos hecho cuatro tomas y ella siempre me tomaba desde abajo. Así quedaba gigante al lado de la montaña rusa.

—No soy pelotuda —contestó ella, con esa seriedad que le agarra.

—Lo dije de los juegos, no de vos —contesté, aunque un poco tenía razón—. Sonrío —dije y mostré todos mis dientes.

Martina me hizo una seña de que estaba grabando y, como yo le había pedido, levantó alto el celular, como para grabarme desde una altura normal.

—Miren acá estamos por entrar al famoso tren fantasma para los chicos y chicas que les apasionan las historias de terror. Vengan con nosotras a ver si… ¡Martina! ¡Levantá!

—Si tengo levantado —contestó ella, pero ya lo tenía más bajo que la altura que yo le había pedido.

—No, nena, ¿no ves que…? Todo mal, Martina, dale —le saqué el teléfono de las manos—. Estás arruinando las vacaciones de invierno. Vos que me decías que querías pasear conmigo en tus vacaciones de invierno y no sé qué y mirá ahora.

—Pero yo quería pasear, no que trabajes —contestó ella, siempre tan…

—Bueno, ¿sabés qué pasa? —me le puse a la altura de la cara—. Mami necesita que papi vea que tengo más seguidores en redes y que, en algún momento, esto va a dar algo para la casa, ya sea plata o un canje de maples de huevos. Y si no podés hacer una sola toma bien, los videos quedan mal y no me sigue nadie.

Martina me miró seria unos segundos. Con una serenidad tan dura que no sé si es por falta o exceso de carácter. No le dejé ganar y seguí:

—Mami necesita que otras personas sepan que pueden venir a este lugar en vacaciones de invierno con sus hijas, sus hijos, sobrinos, nietos, a pasarla bien y divertirse un rato. ¿Sabés, Martu?

—Vos no la estás pasando bien —contestó ella y yo no sé cómo hace que las clava al ángulo la pendeja esta de mierda.

Y estaba a punto de cagarla a pedos cuando me acordé de Sandra, la cornuda de recursos humanos, que el día que me despidió, me dijo “mirlae el lado bueno: vas a tener esas vacaciones de invierno que tanto quisiste durante estos doce años que estuviste trabajando en la empresa”. Y me di cuenta que, a lo mejor, mi problema no era el ángulo de la cámara.

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