714. Sarna con gusto

28 de noviembre de 2025 | Noviembre 2025

Mónica caminaba en la habitación con un paso lento y tan pesado que hacía retumbar en las paredes el sonido que sus tacos aguja provocaban contra los tirantes de pinotea del piso. Además de los zapatos, tenía medias de encaje, un vestido negro corto y al cuerpo, guantes de cuero y una gargantilla de cuero trenzado con un pequeño dije de oro con forma de águila.

Experta en dominaciones con décadas de experiencia en el rubro, Mónica decidía todo lo que sucedía en sus sesiones. Ella no entregaba ni siquiera una caricia a su cuerpo si no era por su propio deseo.

Leandro, su cliente, tenía apenas unos seis años menos que ella. Sus encuentros con Mónica eran lujos que se daba con años de por medio entre uno y otro, y siempre cuando la relación con su esposa se complicaba al punto de casi separarse.

Él estaba desnudo, boca abajo, atado a la cama del hotel boutique que había elegido como sede —Mónica, ya madura, exigía condiciones, a diferencia de su primer encuentro, casi treinta años atrás, en un telo de mala muerte—.

Mónica tenía en sus manos una vara de madera tan flexible como dura, bañada en salmuera para más placer tanto propio como de Leandro.

—¿Así te gusta, perro de mierda? —preguntó Mónica con los dientes apretados y, con un nuevo golpe, enrojeció aún más la espalda de Leandro.

Leandro ahogó un grito de dolor en la garganta y, en un suspiro, relajó los músculos tensos de su espalda. Cada golpe no se distinguía del anterior: toda su espalda, culo y piernas eran una masa de nervios extenuados.

—¿Qué pasó que no me llamás hace dos años? ¿Te pensás que te va a alcanzar con todo tu sueldo de un mes para complacerme? —preguntó Mónica y revoleó otro golpe, ahora como un revés, cruzado desde arriba del hombro izquierdo.

Leandro volvió a sentir ese dolor exquisito, pero no pudo contener el grito: había dejado los músculos relajados y no los había tensado en ese instante en que sintió la vara cortar el aire.

—Uy la puta madre —dijo Mónica, con otro tono, fuera del juego—. Me pasé.

—No, no, me encantó —contestó Leandro, casi sin abrir la boca, mientras empezaba a sentir líquido brotar de su cuerpo y correr por su piel hacia el colchón.

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