711. Una buena fiesta

25 de noviembre de 2025 | Noviembre 2025

Luisina se puso a llorar de la emoción el día que se recibió de profesora de inglés. Dionisia, su madre, la felicitó por el esfuerzo casi todos los días de ese año: en su familia nadie había estudiado más allá del colegio, y varios tenían el secundario incompleto. Sin embargo, ella no se subía el precio por tener un título, sino que se lo subía a Dionisia, que la había ayudado.

Ese último año, Luisina había quedado desocupada después de que en el local de ropa empezaran a sobrar vendedoras que ya ni siquiera encontraban temas de conversación para matar el tiempo.

Su pareja, David, trabajaba de peón de mudanzas y tenía una changa que nunca llegaba a salvar el mes vendiendo remeras de bandas y artistas. Juntos tenían una hija de seis años, Chloe, que había venido de sorpresa durante su último año de colegio.

Luisina sabía que detrás de su título estaba el esfuerzo de su madre, que la había convencido de no buscar trabajo y dedicarse solamente dar algunas clases particulares. Ella le pasaría la plata que necesitara.

El día que cobró su primer sueldo como profesora en un colegio, Luisina decidió, para homenajear el esfuerzo de su madre, invitarla a comer afuera, cosa que no hacía desde varios años atrás. Se lo propuso un domingo a la tarde, con unos mates y la tele encendida.

—Ay, hija, entonces habría que llevar también a tus hermanos —le contestó Dionisia, con la frente arrugada—. Ellos fueron importantes: me daban plata a mí cuando yo no tenía porque te daba a vos.

—¿En serio? —preguntó Luisina. Le daba culpa y orgullo al mismo tiempo.

—Sí, boluda —le dijo Aquiles, el hermano del medio—. ¿No me vas a invitar a comer? La Noe también se puso, eh —dijo, en referencia a su novia.

—Y sé, por alguna vez que me contó, no que se quejó, ni nada, eh —aclaró Dionisia—, que la suegra de tu hermano Ariel también colaboró alguna vez que hizo falta.

—¿Graciela? —preguntó Luisina, incrédula.

—La misma Graciela, que te odia y todo —agregó Dionisia.

—¿Sabía que era por mí? —preguntó Luisina, señalándose el pecho.

—Y sí, nena. Todo el barrio sabe —dijo Aquiles y agarró un bizcochito para acompañar el mate—. ¿Viste la del kiosco acá en la esquina? La otra cuadra. Esa la escuché que le fió a gente que tuvo que poner por vos.

—Dale, boludo, ¿todo el barrio puso? —preguntó Luisina.

—Y, más o menos, sí… Todos un poquito —reconoció Dionisia—. No te quise decir porque ibas a dejar, o te ibas a sentir obligada a que te vaya bien y… —dejó la frase sin terminar.

—Yo creo que más que invitarla a comer a mamá, tenés que hacer una fiesta para todo el barrio —sugirió Aquiles—. Poné tu sueldo entero para el escabio, la gente que traiga algo para comer y yo consigo unos buenos parlantes. La hacemos ahí en el club.

—Ya fue, ¿no? —se convenció Luisina.

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