Al principio, don Marcos no parecía lo que era. O no era lo que fue. Tenía el almacén de ramos generales a dos cuadras de la plaza del pueblo, en una calle de tierra que los días de lluvia se hacía de barro. Las semanas que llovía mucho apenas si podía entrar mercadería, que mandaba a los peones a buscarla descalzos hundiéndose hasta las rodillas hasta la calle de piedra.
La ventana díscola no le calzaba en el marco y abría y cerraba hasta con la brisa. Había perdido los vidrios de tanto golpe en vientos no anunciados. La Celeste se había aguantado un corte bravísimo de ese vidrio en la panza.
Y don Marcos, de un día para el otro, a lo mejor por no pagar el arreglo de la ventana, se compró la forestal. Al año, el molino, que él decía que daba harina marrón porque era otro tipo de trigo. Al año, el tambo y la curtiembre.
En cuestión de algunos años, pasó de proveedor a jefe de todo el pueblo más o menos. Él seguía yendo al almacén, donde ya había solucionado el tema de la ventana atándola a un gancho en la pared; nomás que el que levantaba la persiana de lunes a sábados era el Gonzalo.
Un día nos citó en la plaza. Casi todo el pueblo estaba ahí, al sol, que picaba. Dijo que iba a empezar a pagar con mercadería, ya no con plata. Me quejé, a los gritos, que era una canallada, que nuestra plata era nuestra.
Don Marcos contestó que para qué queríamos la plata si todo lo que comprábamos lo tenía él. Y no supe más qué contestar. Porque era cierto. Me mordí la bronca y me hice más petiso entre la gente.
No sé cuándo fue, pero llegó un momento que a todos nos pasaba lo mismo: cada vez que íbamos, aunque nos daba lo que queríamos, también nos enterábamos de que le debíamos horas de trabajo nosotros a él. Y la cuenta, más o menos, le daba cuando la explicaba.
La primera que salió del almacén con las manos vacías fue Clara. Lloraba; la vi yo mismo. Encima, helaba, y no tener para aguantar el frío es bravo. Después, uno a uno, nos empezó a pasar a los demás. Y no es que no trabajábamos.
Hasta que llegaron los chinos, se instalaron afuera del pueblo y empezaron a regalar de todo. Y a don Marcos lo fueron limando lento. Le comieron un poco de acá, un poco de allá. Le peleaban en cada esquina, cada negocio, cada moneda.
El día que don Marcos se le hizo el guapo al Gringo, se le terminó todo. El Gringo lo acomodó y se armó una de que todo el pueblo se le fue al humo. Parecía una jauría salvaje que esperaba el momento indicado para atacar.
Yo mismo le pellizqué la nalga derecha blanca y peluda cuando corrió por la plaza, cubriéndose adelante con las dos manos, dejando un rastro de sangre en las baldosas que el pueblo eligió que no se limpiara más.
Al fondo, en la otra esquina, los vi a los chinos. Ellos fumaban y miraban serios. No se reían como los demás. Ese día cambiamos de acreedor.


