—¿Y a dónde te vas a ir de vacaciones este año, Lore? —preguntó Sebastián, en la oficina que compartían las áreas de legales y contabilidad de la distribuidora mayorista en la que trabajaban—. ¿Tenés algún destino exótico nuevo?
—A la cama me voy con el aire acondicionado en dieciocho. Capaz que me tomo un poco de clona a ver si me aguanto las dos semanas durmiendo —contestó Lorena, irónica.
—¿En serio? No puedo entender a la gente que no aprovecha que está barato viajar por el mundo —contestó Sebastián y se mordió el labio.
—Seba, aproveché la semana de ofertas para comprar shampoo y crema para la cara, boludo —Lorena se indignó—. No hay un mango. Estamos cada vez más pobres.
—Mhm… no lo veo tan así —contestó Sebastián y revoleó un hombro.
—¿Vos no calculaste lo que ganábamos antes y ahora en términos reales? —preguntó Lorena, mientras asentía.
—Esas cosas son para contabilidad, a mí dejame las leyes que eso es lo que sé… Nosotros no podemos quejarnos, Lore, somos clase media.
—Mirá… A ojo te la tiro sabiendo más o menos lo que gana y gasta cada uno de nosotros: a esta altura somos pobres.
—Dios mío, Lorena, qué exagerada sos con tal de llevarle la contra al gobierno —Sebastián, con una mueca de asco y una mano agitada a la altura de su cabeza, desestimó el comentario.
—Sebastián, todos los empleados y varias empresas ganan menos. Son datos… Te juro, si fueras buen abogado, afuera podrías juntar una buena guita. Pero bueno, nos da para esto: para ser pobres.
—¿Pobres? ¿Vos no ves que afuera hay gente mucho peor que nosotros? —aleccionó Sebastián, enojado.
—¿Y qué tiene que ver? —preguntó Lorena.
—Somos clase media porque estamos en el medio entre los de abajo y los de arriba. Si bajan todos más, y nosotros seguimos en el medio, vamos a seguir siendo clase media —Sebastián graficó niveles usando las manos en el aire.
—No funciona así —contestó Lorena sin ganas de explicarse.
—Mirá, hasta donde yo sé, siempre hubo que trabajar. Y a lo mejor sí, ahora toca trabajar un poco más —reconoció Sebastián—. Pero también después nos podemos ir a Brasil, como voy a hacer yo.
—Sebastián, tu mujer está trabajando doce horas por día, le pediste a tu hija que busque trabajo y recién terminó el secundario. Y vos te quejás todos los días de lo que te cuesta almorzar acá porque no te querés traer una vianda de tu casa. ¿A vos no te parece que sos más pobre?
—Bah, no entendés nada —resolvió Sebastián y volvió a trabajar.

