Lawrence Cavendish se parapetó con su fusil de francotirador en la cúpula de un edificio en pleno Once, sobre Avenida Rivadavia. Siendo las cuatro de la tarde de un martes, las calles estaban repletas de transeúntes y también personas paradas, quietas, que veían la vida pasar. Desde arriba, Lawrence podía elegir su presa.
Él había alquilado ocho horas del fusil y la cúpula para disparar libremente, hasta alcanzar las tres presas. Luego, podía gatillar desde el lugar, pero no podía disparar municiones. Los perros no contaban, aunque tampoco se permitía abusar de ese vacío legal.
Era raro que apareciera un niño de cinco o seis años caminando solo en esa avenida. Lawrence tuvo suerte. El niño, a una cuadra y media de distancia, se sentó en el cordón de la vereda. Regalado.
Tenía piel trigueña. Lawrence probablemente imaginaba que él era un conquistador cazando un aborigen en el 1500. Estuvo a punto de tirar, pero la duda lo ganó.
“A la mierda las preocupaciones. Tengo ochenta y siete años, ya he trabajado toda mi vida y con lo que he ganado tengo para que mis nietos vivan bien. ¿Quién sabe cuándo volveré a tener una oportunidad como esta?”, se convenció en inglés y apretó el gatillo.
La sangre tiñó el cordón y la zanja y el cuerpo quedó tendido en una pose contracturante. Lawrence festejó su suerte: la hermana del niño, adolescente, apareció al instante para socorrerlo.
Esta vez sin dudarlo, volvió a tirar. El impacto no fue tan preciso. La muchacha cayó impulsada por el balazo que le dio en un hombro. Se arrastró dos segundos hasta que el siguiente impacto la liquidó.
—Eso basta —anunció Lawrence en un difícil castellano y alzó el rifle como para entregárselo al funcionario de la Secretaría de Turismo que lo acompañaba.
—¿Seguro? Tiene para uno más —ofreció el funcionario—. Mire que esto después decimos que fue el narco y seguimos con lo nuestro. No pasa nada —brindó seguridad.
—Ya maté dos indios. ¡Por solamente doscientos mil dólares! —festejó Lawrence—. Creo que es un buen momento para retirarme.
—Como le guste. Si quiere, podemos avanzar con la merienda en Casa Rosada como estaba incluido en el paquete. O podemos pedir algo para comer mientras vemos la escena —sugirió el funcionario y señaló la calle.
—Me encantaría. Muchas gracias —sonrió Lawrence, amable.
—Entonces nos quedamos ¿Le gusta la experiencia? —preguntó el funcionario.
—Estoy fascinado. Y he visto que en su catálogo tienen otros tipos de indios en otras provincias, y también tienen blancos y africanos y… Bueno, chinos. Pero a ellos ahora no les podemos disparar aquí —se rio Lawrence.

