Lucas llevaba cinco meses recorriendo distintos países de Europa y de Asia. Había comenzado su viaje en busca de un destino que le marcara el futuro, algún lugar que le gritara que era ahí donde tenía que quedarse a hacer algo que valiera la pena con el resto de su vida. Ya tenía treinta y cuatro años y todo lo que había intentado antes no le había resultado para conseguir su objetivo de volverse millonario.
Más de una década atrás había intentado vivir de la música, pero los pasajeros del tren no le pagaban lo que él quería ni tampoco compartían videos suyos como artista callejero en las redes sociales, que era lo que pedía a los que no le pagaban. Las bandas que intentó formar fracasaron incluso antes de subir a un escenario.
—Luqui, mi vida, ¿cómo estás? —preguntó Paola, su madre, después de insistirle dos semanas para tener una llamada por Whatsapp.
—¿Qué hacés, ma? —contestó él, mientras se afeitaba en las bachas de un baño compartido de un hostel de Tiflis, capital de Georgia, con el teléfono en altavoz.
—¡Por fin pudimos conectarnos, hijo! —se alegró ella. Su voz de señora le hizo dar algo de vergüa Lucas, que entornó la puerta del baño.
—Sí, menos mal, ma —contestó él, sin ganas.
—Escuchame, Lu… Estoy acá con la abuela, que te manda saludos…
—¡Hola, Lucas! —se coló la voz de una anciana en el parlante.
—Pará, mamá —la retó Paola—. Escuchame, ella dice que vos te llevaste sus alhajas y joyas que tenía en el su armario, y yo le estoy diciendo que no, pero no me cree. ¿Le podés decir que se equivocó?
—¿Qué le pasa? Mamá, ya sabés que está loca la vieja —contestó Lucas, ofuscado y a la defensiva.
—No está loca —Paola lo corrigió tajante y luego susurró—. Tiene alzheimer. Vos lo sabés.
—Es lo mismo —contestó Lucas, revoleando los ojos.
—Ey, Lucas —saludó Ricky, un español, después de entrar al baño.
—Ricky, amigo, ¿todo tranqui? —contestó Lucas mirándolo por el espejo, desentendiéndose de las palabras de su madre que salían, algo más débiles, por el parlante.
—Escucha, voy a querer esa cadena de oro con el dije. ¿Me habías dicho ciento cincuenta dólares?
—Me tengo que ir, ma —dijo Lucas y cortó antes de que su madre fuera capaz de decirle algo sobre lo que acababa de oír—. Si querés redondeamos en cien y después me invitás la cena —propuso Lucas.

