702. Banco de vida

15 de noviembre de 2025 | Noviembre 2025

Alejo había abandonado el colegio después de que su padre, camionero de profesión, falleciera a causa de un accidente: un auto se había metido por el ventanal del parador donde compartía un choripán y un vino con un compañero antes de una siesta en la cabina del camión.

Después de trabajar unos años en un kiosco que le pagaba poco y nada, Alejo consiguió trabajo en una fábrica de autopartes que se las había ingeniado para que el gremio y el convenio no fueran los que correspondían por el rubro.

El trabajo era duro y agotador. Lo extenuaba levantar la mitad de su peso varias veces por día y un cuarto de su peso de forma casi repetitiva y constante.

Lo único que le gustaba era cuando alguna máquina se rompía. En esas ocasiones, aunque la fila de producción se frenara, no se dejaba de trabajar: los jefes los ponían a hacer tareas de mantenimiento que implicaban aún más esfuerzo. Pero Alejo no: él era ayudante de los técnicos.

Se daba maña con las máquinas: tenía alguna habilidad que le ayudaba a detectar el funcionamiento de los mecanismos, a pesar de jamás haber estudiado algo al respecto ni haber trabajado en algo que lo formara.

Lo que más detestaba, sin embargo, era el manejo de las horas que tenía la empresa para su ritmo de trabajo: podía llegar una madrugada y enterarse ahí que tendría que quedarse doce horas.

A cambio, cuando los trabajadores juntaban ocho horas extra, la empresa solía darles un día de no concurrencia que, por lo general, elegía el gerente.

Alejo, gracias a su carisma y a que, por algún motivo, le caía bien a un jefe, había logrado acordar que las horas extra que trabajaba durante ese año se unieran a las que le correspondían por vacaciones.

La última semana había sido intensa: cuatro horas seguidas de doce horas de trabajo, durmiendo en el colectivo más que en su casa, ya con el primer dolor crónico en un brazo, según el diagnóstico de un compañero.

El jueves, una máquina se rompió. Alejo sonrió cansado. Antes de que el jefe viniera a ordenar las tareas de mantenimiento, él se fue directamente con los técnicos que se burlaron de sus ojeras.

Lo mandaron a arreglar la máquina solo o, por lo menos, intentarlo, dado que era una falla habitual. Caminó casi arrastrando los pies bajo las burlas de algunos compañeros más grandes.

La máquina tenía una boca gigante de metal que terminaba en un rodillo triturador. El plástico que salía de ella terminaba en un caldero inmenso donde se preparaba con químicos y calor.

Alejo, casi como si no se acordara de cómo eran las cosas, se metió a arreglar la máquina, pero olvidó apagarla. En cuanto la destrabó, el mecanismo empezó a funcionar y su mano fue lo primero que desapareció delante de sus ojos.

Fue un instante que tardó la máquina en comerse medio hombro, volver a trabarse con él en medio y convertirse en su lecho de muerte. Faltaban tres días para que empezaran sus largas vacaciones.

Compartí este pasquín

¿Querés recibir un correo electrónico con los pasquines que se publican en el blog?

Suscribite completando tu nombre y correo electrónico.

Loading

Importante: Te va a llegar un email que tenés que abrir para confirmar tu correo.