701. Horno fuerte

14 de noviembre de 2025 | Noviembre 2025

Lo que más me acuerdo es el calor. El sol salía a la mañana bien temprano —cuando mi hermano y yo nos despertábamos, por el calor, incluso antes de que sonara el despertador para ir a la escuela, ya estaba arriba— y se clavaba alto en el cielo.

Vivíamos en el piso más alto y el sol daba de lleno. Era como vivir en un horno. Los días que había brisa a la tarde y noche salíamos los tres, mi hermano, mi mamá y yo, a sentarnos en el balcón a respirar.

Mi hermano es dos años mayor que yo. Él era el que se atrevía, el que desafiaba. Yo quedaba en el papel de cómplice, pero nunca se me ocurrían las ideas a mí.

En diciembre y enero, por más que pasara horas intentándolo, a él no se le ocurría nada para combatir el calor que no fuera encender los ventiladores cuando mamá se iba.

Pero mamá no se iba casi nunca: el ministerio les había dicho que ese mes no tenían que trabajar, porque no había plata para los sueldos y que solamente iban a cobrar el treinta por ciento.

No tengo pruebas y tampoco dudas de que les habían dicho que era la única alternativa posible era volver a quitarle fondos al hospital de niños y cosas así.

Me la imagino a mamá el día que se lo dijeron. Habrá agachado la cabeza y sentido culpa de antemano por afectarle los fondos a chicos enfermos.

Los primeros días, ella repetía que tenía que buscar alguna changa para hacer, algún emprendimiento, decía. Y yo la veía, transpirada, intentando pensar algo, con el ventilador apagado a un costado y el aire directamente desenchufado, como para que ni siquiera el contacto subiera el consumo.

Después, directamente desarmó y escondió el ventilador porque mi hermano no le hacía caso y cada tanto lo encendía. Los dos nos parábamos en cuero adelante a recibir el viento.

El pasillo estaba más fresco, pero mamá no nos dejaba quedarnos afuera por lo que dirían los vecinos. Una tarde fuimos al shopping, mamá dijo que íbamos al cine, y después dijo que no tenía plata para pagar la entrada, pero que disfrutáramos el aire acondicionado ahí.

Mi hermano arrancó a quejarse fuerte, a hacer berrinches y boicots, a romper cosas. Y yo lo seguí.

Entonces ella empezó a depositar en nosotros la culpa que ella sentía: “¿qué quieren? ¿Que los chicos internados sufran hasta morirse?”. Nosotros ni siquiera los conocíamos a los chicos internados.

Un día le contesté “por mí que se mueran como yo de calor”. Me dio una cachetada que puedo sentir al día de hoy. Eso no le dio culpa a ella y a mí me dieron bronca los chicos enfermos.

Así aprendí lo que es la empatía. Y por qué no es bueno tenerla.

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