—Disculpen, disculpen. Un minuto, nomás —anunció Marcelo, dueño de una fábrica de juguetes, en la puerta de la escuela privada para convocar la atención de madres, empleadas domésticas y algún otro padre que esperaban la salida de las criaturas—. Quería pedirles… Por favor, si estas fiestas pueden colaborar con la industria nacional del juguete. Estamos en una situación complicada.
—¿Pasó algo en la fábrica, Marce? —se apuró a preguntar Laura, una farsante profesional que solamente quería robarle la atención.
—No, es que… En realidad, hay mucha gente trabajando y que, capaz, si esto sigue así, puede terminar en la calle. Entiendo que, a lo mejor, hay gente que tiene que recurrir a productos chinos de mala calidad —aseguró Marcelo mirando a una empleada de casa particular—, pero los demás…
—A lo mejor estaría bueno que manden desde la secretaría del cole el catálogo para que nos llegue a todos, ¿no? —sugirió Daniel, que siempre retiraba a Cande vestido para correr.
—Sí —dijo Marcelo mirándolo a los ojos, confortado por su amabilidad. Lamentó en ese instante no ir más seguido a retirar a su hijo de la escuela—. Gracias. La verdad que estaría bueno eso.
—Y, ya que estamos, el cole nos puede hacer un descuento —dijo Daniel riéndose forzado.
—No, bueno… Digo, no hace falta que sea nuestra fábrica. En el sector estamos saliendo a pedir colaboración para todos porque no queremos que desaparezcan las fábricas activas.
Una maestra que colaboraba con el reparto del alumnado desde la puerta había escuchado con atención y sonreía. Levantó una mano y dijo:
—¡Sí! Podemos enviar el catálogo hoy mismo.
—¿En serio? —se emocionó Marcelo y dejó correr en sus lágrimas horas de angustia—. Son… —iba a decir “lo mejor del mundo”, pero se contuvo—. Muchas gracias. De verdad. Ahora envío el catálogo así ya lo pueden reenviar.
A Marcelo se le acercaron para hablar unas quince personas, ya fuera para un pequeño comentario al pasar o quedarse con él hasta que salieran los chicos.
Tres semanas y media más tarde, en plento festejo de Navidad, Marcelo, que había decidido cambiar de colegio a su hijo después de no vender ni un juguete, veía cómo sus sobrinos y también sus hijos abrían juguetes importados de China, Vietnam y Estados Unidos. Ninguno suyo.
Esa misma noche, serio, mientras comía asado y escuchaba a su primo quejarse del precio al que vendía sus juguetes, decidió qué empleados serían despedidos.

