698. Ensucien sus manos como siempre

11 de noviembre de 2025 | Octubre 2025

Carolina se había estirado todo lo que la billetera podía y más. Mantener los pequeños placeres de la vida se había vuelto una utopía con el salario que tenía, a pesar de haber conseguido más horas de trabajo como profesora de inglés. No era tanto lo que ella pedía: algunos kilos de helado, otros tantos de carne, salidas y recitales en lo que le quedaba de juventud para disfrutar.

Los últimos cinco meses, después de gastarse los aguinaldos que había ahorrado en dólar barato, Carolina vivió de préstamos de billeteras virtuales.

Hasta que, un jueves a la tarde, quiso pagar las facturas en la panadería y se enteró de que su billetera se acababa de comer lo que le quedaba de sueldo, después de que ella se lo transfiriera a esa cuenta. A partir de entonces, la opción de tomar más préstamos estaba vedada para ella.

Alterada, devolvió las facturas en la panadería con el pretexto de que estaban sucias; juró jamás volver y se fue a su casa llorando. Pasó horas en un estado de furia incontrolable hasta que se acordó del intercambio de cartas.

Un colegio privado en el que trabajaba tenía proyectos de comunicación internacional, lo cual, en otras palabras, no era más que niños escribiéndose cartas con supuestos amigos de otro país. En ese caso, niños de los Estados Unidos.

Faltaba apenas una semana para tener esa clase en que los y las estudiantes le escribirían las cartas a los chicos de Tennessee, un lugar que solamente Irina, la alumna más aplicada, sabía escribir correctamente.

Después de una semana de vivir de prestado de su madre, Carolina llegó a su día feliz:

—¿Y, chicos? ¿Trajeron los cien dólares para mandarle a cada amigo de Tennessee? —preguntó Carolina—. Se acuerdan que yo les dije que allá eran muy pobres y había que mandarles plata, ¿veradad?

—¡Sï, seño! —contestó uno—. Yo traje, pero traje cincuenta.

—Bueno. Está muy bien, Luca —felicitó Carolina.

—Yo traje uno nomás, seño —Isabella agitó un billete de un dólar en el aire y buscó también aprobación.

—No alcanza, Isa. Con eso no hacemos nada —la retó Carolina—. Vas a tener que traer la próxima. Y si no, ya saben cómo es. Cada uno tiene la nota que le da por su generosidad, ¿sí?

—Sí, la próxima voy a traer —agregó Isabella, convencida.

—Muy bien. Ahora, les vamos a escribir una carta a nuestros amigos, y les vamos a contar de las cosas lindas de acá, a qué jugaron ustedes esta semana, qué les gusta hacer. Eso sí: no hablen de la plata —ordenó Carolina con un dedo en el aire—. ¡No cierren los sobres! —gritó Carolina—. Pongan la carta y el billete, y me los traen a mí, que yo los cierro después con unos stickers.

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