—Cómo entregó el gordo este, eh —comentó el diputado Farías por lo bajo a los dos colegas del bloque oficialista con los que salía de la reunión en el despacho de un líder de un bloque supuestamente opositor. Habían comprado su voto con una de las primeras ofertas que tenían preparadas para él—. Yo pensé que íbamos a estar hasta la noche. Mejor, así nos quedamos algo nosotros.
—A mí me dijeron que está casi jubilado, no se presenta las próximas elecciones y que no se fuma a la pelotuda de Galván, que parece que le está comiendo ahí unos cargos —dijo el diputado Ríos, mientras caminaban por los pasillos del Congreso.
—Estamos a nada, eh —festejó el diputado Salcedo—. Tengo unas ganas de que se vote ya… Y después me tomo un mes en Brasil.
Afuera sonaban estruendos.
—¿Vieron las tetas de la secretaria? —preguntó Farías después de tocar el botón del ascensor—. Ah, antes de que me olvide: encárguense ustedes de hablar con los provincianos que nos faltaban. No me acuerdo, era San Juan… No. ¿San Luis? No sé, eran tres o cuatro provincias.
Subieron al ascensor, marcaron el último piso. Subieron hasta la terraza por escalera, que ya estaba adaptada para tener un helipuerto. Los estruendos de escopetas y los gritos se mezclaban con el ruido de las hélices; el aire estaba ahumado, tóxico.
Farías subió al primer helicóptero taxi disponible y saludó a sus colegas que, por tener menor rango en la estructura partidaria, debieron esperar a los siguientes.
El piloto comenzó el recorrido. Pasaron por encima de Villa Once, Villa Almagro, Palermo, Belgrano, Núñez, Vicente López y bajó en San Isidro. Ahí Farías se subió a un auto y comenzó su corto recorrido.
Después de manejar unas veinte cuadras, estacionó en la puerta de una mansión, saludó a un policía que sostenía un fusil semiautomático en la esquina de la cuadra y entró a su casa.
El primero en salir a saludarlo fue el perro importado. Luego, escuchó el timbre agudo de la voz de su hijo:
—¡Llegó papa! —gritaba un niño de diez años que corría a su encuentro.
—Hola Segundito —Farías lo saludó y le acarició la cabeza.
—¿Fuiste a Argentina hoy?
—Sí, fui para la Argentina —contestó él.
—¿Y cómo fue? Vi que la tía Pato juntó como quince ojos de los tirapiedra —festejó Segundo.
—¿En serio? Debe estar contenta la tía Pato entonces —sonrió Farías—. Y estuvo bien, hijo, como siempre. No te olvides que tu padre es un ganador.
—¡Algún día me gustaría conocer Argentina! —gritó Segundo.
—No sé, Segundo… Es peligroso para papá. Mucho tirapiedra suelto. Vos no querrás que a papi lo maten, ¿no?

