696. Conductor designado

7 de noviembre de 2025 | Octubre 2025

—¡Basta! Una más y manejo yo —Valeria amenazó a Fernando, su marido. La Ruta 40 se hacía insoportable para la familia: Tomás, de diez, molestaba a Camila de doce y empezaba la pelea; no importaba que el abuelo Rubén estuviera en medio de ellos dos. Fernando les gritaba y revoleaba golpes que lo hacían recurrir a maniobras peligrosas para no accidentarse.

—¿Y qué querés que haga? —se excusó Fernando— ¿No ves que estos pendejos son un quilombo?

—¿Y por eso nos vas a matar a todos? —Valeria se cruzó de brazos.

—Exacto… o sea, va a ser culpa de ellos.

—No seas pelotudo, Fernando, te lo pido por favor —insistió Valeria—. ¡Bajá la velocidad! Vas a ciento sesenta, flaco.

—No llegamos más si aflojo y estos pendejos de mierda… —dijo apretando los dientes y revoleando golpes para atrás.

—Sos tan fea que no vas a tener novio nunca —atacó Tomás y le revoleó a su hermana un caramelo por la cabeza después de esquivar un golpe de su padre.

—Los chicos son así, Fer —Valeria eligió un tono amable—. Te vuelvo a pedir que manejes despacio y dejá de pegarles mientras manejás, Por favor.

—Por lo menos no soy retrasada como vos —retrucó Camila.

—¡Ah! Fernando, me pegaste a mí de nuevo —se quejó Rubén—. Mejor manejá vos, hija, así él le puede pegar tranquilo a los chicos usando la puntería —agregó en un tono apático.

—Y bueno, ¿para qué te ponés en el medio, Rubén? —se excusó Fernando, mirándolo por el espejo retrovisor mientras intentaba agarrar a Tomás.

—¿Es culpa de mi papá que vos le pegues? —se quejó Valeria—. ¡Pará, Fernando, que nos vamos a matar!

—Si nos matamos, nos matamos —repitió Fernando y, justo en ese momento, el auto resbaló por la calzada, apenas resbaladiza, lo suficiente para que Fernando en plena contienda no pudiera controlar el destino del auto.

Los chicos, el abuelo y Valeria gritaron aferrados a lo que tenían a mano. Por centímetros no chocó con un camión que venía de frente. El auto frenó dos metros más allá de la banquina de la mano contraria. 

—¡Basta! —gritó Valeria—. Dejame manejar a mí. Sos un desastre.

Fernando todavía estaba agarrado al volante, aunque el auto se había apagado. Reprimió el enojo dentro suyo para invitar al diálogo:

—Pará un poquito, Valeria. Definamos todos juntos. ¿Quién quieren que maneje? —preguntó mirando para atrás.

—Si va a manejar mamá, no llegamos más… —deslizó Camila.

—Papi… Perdón —Tomás era más dulce que nunca—. No queríamos molestar. ¿Podés seguir manejando vos?

—Sí, manejá vos Fernando —agregó Rubén—. Tratá de apuntarle mejor a los cuerpos de los pibes y yo intento esquivar.

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